Solanas, la voz en off
El autor de 'La hora de los hornos' quiere repetir el batacazo electoral de 2009. ¿Podrá Pino convertir su carisma narrativo en una realidad de representación?
Fernando Ezequiel Solanas, alias Pino, alias el hombre que se planta, sale de su despacho vestido con una polera rouge y un sobretodo noir, el mismo uniforme con el que recorre calles y estudios y, por un instante, parece una estrella, una de esas estrellas que impactan porque, a final de cuentas, existían y eran iguales a su propia imagen. Esa distancia entre el ego tripping de un sujeto que debe proyectar en su mente las escenas de la vida pública y la compleja trama de asesores, encargados de imagen, militantes, periodistas, encuestas y condiciones de época, es decir, todo ese "resto del mundo" que, a la manera de Patrick Swayze en Ghost, moldea la arcilla de cualquier candidato, parece una trayectoria que Solanas atraviesa con la soledad y uniformidad de un travelling cinematográfico. Pino camina, es verdad, pero parece haber dejado la cabeza en la oficina. Sus asesores lo rodean, le hablan, y es como si no los escuchara: sigue dándole vueltas a algo que concluyó hace un minuto, cuando alguien abrió la puerta, dio por terminada la reunión y su vozarrón atravesó el pasillo hasta la entrada del local donde el Movimiento Político, Social y Cultural Proyecto Sur le da forma a su campaña 2011. Una campaña que lo tiene a Pino en primer plano sobre un fondo verde, un Pino que saca de las entrañas una sonrisa imposible, una sonrisa que le cuesta, que apenas se dibuja sobre sus pliegues de veterano de 999 batallas y que reza: "Entre todos podemos transformar la ciudad". Pino, en primerísimo primer plano, se parece demasiado a sí mismo.
Y esa tarde Pino no va a sonreír. Estrecha la mano rígida -"Hola, querido"- y gira de inmediato hacia otro lado. Se lo ve apurado, acomodando en su plató mental un sinnúmero de ideas. Son las horas previas a que se defina la fórmula presidencial de Hermes Binner y Norma Morandini y que va a provocar la ruptura de ese frente amplio de centroizquierda (Proyecto Sur decidirá ir a pelear las elecciones nacionales por su cuenta), y esa misma noche, en los estudios de Canal 26, frente a un Juan Pablo Varsky que apenas si puede interrumpir su tren desaforado, el candidato porteño va a decir: "Yo tengo toda una vida que atestigua mis palabras, yo tengo toda una obra, que la he padecido".
Obra y vida. No fue Macri sino Perón uno de los primeros en revelar que la política es una construcción ajena. Tal vez Macri, por su condición de "advenedizo" (rasgo que se machaca con precisión para denunciar ese vacío que sólo se resuelve cuando su asesor Durán Barba chasquea los dedos y, voilà, aparece el candidato, el eslogan y la campaña) sea el ejemplo más transparente. Pero Perón -el único dirigente moderno al que la política le permitió sonreír en las fotos con los ojos cerrados- emergió del subsuelo de la historia después de haber aprendido que son "los otros" los que te ponen en la tribuna, que hay que saber contar una historia creíble, y Pino, lector de Perón, a su manera, lo entendió. Estudió al General en los 70 para filmar la ya mítica Actualización política y doctrinaria para la toma del poder, pero sería el penúltimo y más fatídico update del Movimiento el que lo lanzaría a la política después de clavarle seis balas en las piernas. Corría el año 1991 y la foto de Pino recostado en una cama, en calzoncillos, mostrando los balazos que el "Menemismo con mayúsculas" le había disparado, sería su pata en la fuente, una imagen que clausuraba los 80, pero inauguraba la hora de los hornos del ahora dirigente Fernando Solanas, el artista.
Y Pino, entonces, se construyó como una voz programática. Aunque el hilo que compone la "coherencia" en la política sea un fino cordel entre la honestidad y el tesoro. La coherencia soy yo. Esa tarde, decíamos, durante su encuentro con Rolling Stone, Pino no va a sonreír. Se va a sentar a la cabecera de una mesa larga, una tienda de campaña de donde cuelga un inmenso mapa de la Ciudad de Buenos Aires, impreso por las máquinas del gobierno metropolitano; va a dejar un mate sin cebar a pocos centímetros de su mano y va a pisar el acelerador.
Los casetes que llegan de la Puerta de Hierro de su mente son claros, estridentes y aunque haya algo en ese estrecho límite de la ciudad que lo incomoda, no aligera el buffer de su voz. Solanas sólo susurra cuando narra en off en sus películas, pero en vivo es otra cosa. Como los boxeadores y las travestis, a Solanas su trabajo también le modificó el cuerpo y acompaña las palabras con histrionismo, en voz alta, dura, como si hubiera que darle un sentido físico a sus ideas. "Nuestro proyecto es un proyecto verde. Luchamos por una Buenos Aires verde. Una Buenos Aires verde es una Buenos Aires con mayor calidad de vida. Una Buenos Aires donde podamos vivir mejor, más humana. Y esto puede lograrse porque un proyecto político siempre, a la postre, es un proyecto cultural. Acá nosotros tenemos que impulsar un nuevo proyecto cultural, y llevar adelante una política austera, una política de reinstalación de la ética pública, donde sea posible frenar la mordida."
Solanas es la otra nueva política. Aunque lleve veinte años en este trajín, aunque haya ayudado a fundar el Frente Grande a comienzos de los 90 para abandonarlo luego en un premonitorio desacuerdo con Chacho Alvarez, Solanas guarda todavía el halo indefinido de la novedad. No es la nueva política de la gestión, descontaminada de todos los vicios de la "politiquería", sino la política del panteón, de las mejores mentes de una generación originaria. En su recorrido, Solanas va más atrás de la del entrepreneurismo, va más atrás también de la militancia, y se reconoce en el altar mítico de la Política con mayúsculas para sentir, como el coronel Kurtz en Apocalipsis Now, que alguien ha ordenado eliminarlo con extremo prejuicio. "A todos esos muchachos que se les ponen los pelos de punta porque me escuchan, yo les he enseñado peronismo. Son unos cachorritos del pensamiento nacional. Yo he hecho docencia del pensamiento nacional: he tratado a Perón, a Cooke, a Hernández Arregui, a Scalabrini Ortíz y a Jauretche", termina de rapear esa noche, lamiéndose las heridas, en la tele, ante el resignado JPV.
Y es que así como Solanas siente en su cuerpo el plomo del neoliberalismo, dice sentirse perseguido también por los "cachorritos" kirchneristas que lo acusan de haberse puesto del lado de la Sociedad Rural durante el lejano y caótico conflicto con el campo, aunque él diga que a lo que se opuso fue a la "estafa" de la 125 y levante la voz porque, en esa voz, en esas piernas y en esos adjetivos está la respuesta a casi todo, inclusive a los problemas de la ciudad. "Nosotros decimos: «Acabemos con el maltrato». El maltrato en la ciudad es el maltrato que realiza el gobierno Macri pero también el gobierno Kirchner, que es el responsable de la inseguridad y de las pésimas condiciones de transporte. Nosotros nos plantamos como la única fuerza independiente de los dos gobiernos y por eso invitamos a los vecinos a sumarse a esta fuerza para convertir el 10 de julio en un verdadero referéndum, una convocatoria popular de reafirmación de la autonomía plena de la ciudad y de su soberanía como territorio autónomo en plano de igualdad con cualquier otra provincia."
Tres días después el candidato va a recorrer las calles de Flores como parte de su campaña. Acompañado por su esposa, por su postulante a jefe comunal, por las cámaras de Proyecto Sur TV y por un bombo murguero, Pino se protege del sol tras unas gafas pasolinianas, y con la mirada oculta tras los cristales tornasolados, su mente filma. El candidato deja que le hablen, que lo graben y lo saluden pero, por su andar, pareciera como si recordara aquella frase del Che que dio letra a La hora de los hornos, ese gran documental que filmó junto a Octavio Getino en 1968. "Un pueblo sin odio no puede triunfar." Pino sabe que algo parecido a eso, al cansancio, o la indignación de los nadies fue lo que le dio sus meses de triunfo, hace apenas dos años, cuando quedó segundo detrás del tanque amarillo Michetti, hoy silenciado en el hangar del macrismo. Y, sin embargo, en la voz de nuestro coronel Kurtz de cabello blanco, no hay lugar para la resignación, para la debilidad del "posibilismo", aunque haya tenido que prescindir de su candidatura presidencial y regresar a su terruño como si nada de esa obra, de esa vida, hubiera pasado. "El electorado sigue teniendo los mismos reclamos y con mayor profundidad que los que tenía en 2009", asegura, convencido.
Allí, en la Plaza, parado con un micrófono en la mano y vestido con su uniforme de invierno, la voz de Solanas parece chocar contra el espacio abierto de la política. No está solo. De un lado, los hombres con gorras amarillas del PRO lo miran, y del otro, el candidato por las Asambleas del Pueblo pide por altavoz que se vote a la "izquierda roja", para "terminar con la mentira de Macri, Filmus y Solanas". Un chico afónico arenga a sus compañeros con una canción de cancha: "Ya me lo imagino:/ sale Macri,/ entra Pino", y una mujer excitada, una de esas enamoradas del cineasta, canta más rápido que el pensamiento y modifica el orden de las estrofas hasta que se da cuenta, se ríe, lo corrige y vuelve a empezar: "Sale Macri,/ entra Pino". En el medio, Solanas sigue hablando, su película no se detiene y arranca aplausos cuando propone extender el horario de funcionamiento de los subtes. "No hay un problema, hay muchos problemas. La problemática de la ciudad de Buenos Aires no se centraliza en uno o dos problemas sino en muchos, como consecuencia de un gobierno, el de Macri, que acentuó la desigualdad. Nosotros estamos proponiendo construir un mínimo, con presupuesto de la ciudad, de dos mil quinientas a tres mil viviendas por año. Tenemos como prioridad el reequipamiento de los centros de atención primaria, que hoy no tienen siquiera un sillón odontológico. Proyecto Sur tiene un plan estratégico de transporte, a corto, mediano y largo plazo. Realizar un anillo de subterráneos que corte dos veces todas las líneas. Acá hay que construir nuevas líneas de ferrocarril. O nuevos subterráneos", asegura.
Y ya no importa que nada de eso se asemeje al discurso épico que lo convirtió en la gran esperanza verde de la Nación. Pino no le habla a un territorio, sino a la política. No mira a los ojos de ese chico que estampó en su mochila el lema "El agua vale más que el oro", sino a la panorámica de una construcción dramática y permanente. Pino habla con el pensamiento, con el gesto de quien siente todavía el olor a pólvora por las mañanas. Los 90, los años de la fundación de eso que Beatriz Sarlo llama celebrityland, fueron los encargados de "invitarlo" a participar de este juego. Una invitación hecha por izquierda, a los tiros, una invitación mucho más carnal y dura, convengamos, que la de aquellos que sólo sientan las bases de su relato actual en la denuncia del pecado mortal de la "frivolidad noventista". Pero el Solanas-artista, que poco conocía de la política activa y partidaria, se volvió el Solanas-político que venía a renovar la praxis con su elocuencia y fervor narrativo que apenas deja espacio para las preguntas e interrupciones de sus interlocutores porque sabe, es su convicción, que sólo será su voz la que narre en off su destino.
"Yo veo un enorme entusiasmo en la calle. Eso es muy estimulante. Por supuesto, la ciudad está dividida en un sector que va a votar a Macri, sea Macri el jefe de una policía de espías o deje la basura en la calle porque no puede ni resolver esa cuestión, pero va a tener ese 28, 30 por ciento de toda la población que lo va a seguir fanática, e igualmente pasa con los seguidores del kirchnerismo y del Frente para la Victoria, son grupos sectarizados. Nuestra cuña está en todo lo demás que es independiente. No tenemos otra cosa que decir que la única fuerza que hoy responde a la autonomía real de la ciudad es Proyecto Sur."
Solanas baja las manos y calla. Y mientras las fuerzas vivas del solanismo cantan, él se dirige a un auto, solo, con la mirada al frente. Algunos se acercan, él les toca el hombro, se los lustra, como diciendo ya está, y sigue su camino. Lo insondable, esa distancia entre el rostro público y la serie de signos, dudas e ideas que forman el pensamiento de un político, es un secreto que Solanas se lleva consigo al auto. Como el coronel Kurtz, Pino se pierde en la neblina de su obra, su vida y sus padecimientos. Y como Kurtz, también, sabe de antemano cuáles serán sus últimas palabras antes de abandonar este valle de lágrimas. Ah, el horror, el horror...
Texto de Diego Sánchez . Foto de Fernando Dvoskin -
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