Malón: luche y vuelve
Después de algunos intentos frustrados y mucha insistencia, regresa la banda más convocante del thrash argentino con su formación original; O'Connor, Romano y Strunz cuentan de qué va este asunto
Como hijos de un divorcio que nunca cicatrizó, el "que se vuelvan a juntar" revela la angustia melancólica de un público que no parece dispuesto a negociar sus duelos. La vuelta de Malón, en ese contexto, es un premio a la constancia por un reclamo que llevaba más de una década, desde aquella disolución de 1998 a consecuencia del alejamiento de Claudio O'Connor, y un efímero regreso posterior sin la presencia de éste. También, vale decirlo, una excepción en el club del jevi local, tan ayuno de esos retornos épicos que en el plano internacional azuzaron Halford a Judas o los Sabbath originales, por citar ejemplos testigo.
Y éste (a diferencia del V8 sin Iorio de los 90', o el citado Malón modelo 2001-2002), pinta como un reanudo de las mejores horas maloneras, que también fueron de las mejores horas de la escena local. "Siempre me dio pena cómo terminamos, porque estuvimos poco tiempo pero hicimos muchísimo", remarca Pato Strunz con la misma certeza con la que aporrea su batería: formada en 1995 tras la disolución de Hermética, a Malón le bastaron apenas tres años para dejar su huella dos discos de estudio memorables (Espíritu combativo y Justicia o resistencia) un tercero, en vivo, tras un multitudinario show en el Microestadio de Ferro, y la proyección hacia el mercado latino a través de giras.
La dimisión de O'Connor, en enero de 1998, condujo al inesperado desenlace. Y no solo eso: fue el fin de una sociedad que, con algunas variaciones, se venía desarrollando desde los orígenes de Hermética en 1989. Una perfecta sincronía con el auge y ocaso del menemismo, como si su misión se hubiese ceñido a interpelar a la "negrada cansada y hambrienta que rodea la ciudad" ("Malón Mestizo") que gime "harta de quemarse en el infierno presente" ("Bajo el dominio danzante"). De allí en adelante, solo hubo lugar para una reunión incompleta (el cantante Eduardo Ezcurra se plegó a los originales Romano, Strunz y Cuadrado), algunos cortocircuitos, y el reclamo de una feligresía que prefería mantenerse ajena a los asuntos internos. "Me fui de Malón para hacer otra música, y no acepté la vuelta de 2001 porque estaba recién con mi segundo disco en la calle y me parecía quitarle seriedad a mi proyecto, que construía de corazón y no como el infortunio de un paracaidista", asume O'Connor. "Como un general de una batalla, tuve que tomar una decisión, y creo que no me equivoqué: hoy, después de tantos años y discos, mi banda está plantada y me permite poder hacer las dos cosas en simultáneo sin afectar intereses".
"En enero, Pato me llamó por unas imágenes de aquel show en Ferro. Empezamos a hablar. Hoy, mañana, pasado. hasta que, de golpe, surgió la idea de hacer un show para apoyar este lanzamiento", destaca el cantante, actualizando la historia. Y Strunz amplía: "Empecé a buscar acercamientos entre nosotros para que se licuaran las cosas que andaban dando vueltas. Somos personas grandes y, por suerte, se pudo hacer" dice el batero, quien le puso punto final a aquella segunda vuelta (en la que hicieron varios shows y hasta grabaron tres canciones nuevas) y estuvo varios años "sin tocar, muy enojado con la música y el instrumento".
"Recibimos una buena propuesta y vimos que estaban dadas las condiciones para que Malón volviera como se merece", apunta el guitarrista Antonio Romano. "La gente nos lo pedía siempre, y creo que era hora de priorizar eso por sobre nuestras diferencias, para poder devolverles a ellos un poco de la alegría que siempre nos dieron. Todo músico sueña con progresar con su banda, y nosotros lo pudimos hacer con Malón gracias a todos los pibes que nos hicieron el aguante", sostiene el Tano, que seguirá desarrollando en paralelo su formato auto-homenaje solista: "Me inspiré en Pappo y amigos. Luego, otros músicos se animaron a hacer lo mismo. Además, esos festejos ayudaron a ver cómo la gente vive esas canciones y creo que influyeron en este ofrecimiento".
La fecha del regreso, establecida originalmente para el sábado 10 de diciembre en Obras, se aplazó para el domingo 18 del mismo mes, en el Malvinas Argentinas. "Obras recién está arrancando y era un quilombo burocrático", aclara Strunz, ante un conflicto de intereses ya que, a su vez, colabora en la producción general del gimnasio de Av. Del Libertador, tras una larga experiencia como explotador de boliches de rock (entre los que se destacan Asbury y The End, ambos de Flores). "Se había puesto una fecha de lanzamiento de entradas, porque había mucha demanda de la gente, y ante ese lío dije no, loco, yo quiero ir a tocar y quedarme tranquilo. Apareció el Malvinas, que está buenísimo, y arreglamos, porque lo importante era la vuelta, más allá del lugar".
¿Vuelven para volver, o para quedarse? O'Connor: Es todo muy reciente, porque si bien empezamos a hablar en enero, recién desde hace dos meses nos venimos juntando para ensayar y blablablá. Yo me siento medio verde, no me acuerdo las letras y ni siquiera me abrocha el pantalón, jeje. Pero la llamita sigue prendida, el momento es óptimo y estamos muy bien, cómodos y contentos. Si continúa ese ambiente que hoy predomina, seguramente haremos un disco, por añadidura, porque implicaría hacer lo que nos gusta. Eso sí, no se detendrán nuestros proyectos, ya que un show de Malón requiere una estructura que impide tocar tan seguido. Pero si este aquelarre continúa, van a suceder cosas.
Si hablamos de vueltas, es imposible no preguntar por Hermética... Romano: Hermética se dividió en dos partes. Malón, luego, en cuatro. Estas cuatro partes ya se juntaron. Ahora solo hay que juntar esas dos. En síntesis: todo depende de que Ricardo (Iorio) tenga ganas de darle esa alegría a la gente. De mi parte, estoy dispuesto a resolver las diferencias, tal como lo hicimos para que vuelva Malón. Yo sé que está en otro mambo, pero ojalá que esto le pique y lo piense. Y si no quiere tocar el bajo, no importa, que cante con Claudio. Lo importante es que sea una fiesta.
Por Juan Ignacio Provéndola